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lunes, 6 de abril de 2015

recuérdalo


Recuérdalo, fue como si el techo de tu habitación se llenara de pronto de nubes y tú y yo, ahí abajo, volando, tan ausentes a todo lo que no fueran nuestras alas. Acuérdate de cómo el mundo, por fin, se convertía en una mentira y nosotros éramos la única verdad. De cómo nos besábamos, como si tuviéramos toda la vida para hacerlo, como si supiéramos con total certeza que el último beso sería como el final de las canciones y no llegaría jamás, como si besándonos consiguiéramos quedarnos allí, juntos. Acuérdate de cómo vencimos al sol bailándonos, estallando todas las letras del abecedario, las ocho notas de la escala, de cómo entre gemido y gemido, te llené la lengua de palabras en el viento, de cómo entre gemido y gemido me llenaste el vientre de canciones bajo la lluvia. Acuérdate, recuérdalo, lo difícil no es olvidarte, es querer hacerlo. Lo fácil no es recordarte, escribirte, imaginarte, soñarte. Lo fácil son estas ganas de querer volver a tenerte. Por eso tienes que acordarte, y recordarlo, y no olvidarlo, y pensar que una noche fuimos tan libres que se nos quedaron los labios salados y los ojos empañados como si lloviera hacia arriba y se nos despeinara el pelo y cerráramos el paraguas para ahogarnos -no habrá mejor tormenta que la que sucedió en mis ojos cuando te besé por primera vez-. Como si querernos fuera como nadar en el océano: algo tan inmenso como imposible. Por eso, acuérdate, recuérdalo. Porque recordarnos es lo único que podemos hacernos.

Foto: Gonzalo Gallardo
Texto: Elvira Sastre